jueves 29 de marzo de 2007

LAIA BAJO LAS SÁBANAS

Cándido Mojarro



Este cuentito fue el accésit ganador del IX Certamen de Relatos Cortos Letras del Sur de San Roque (Cádiz).



Empujé la puerta: un sucio espejo con pomo de cobre.
Dentro, bajo las exiguas luces, pude distinguir a cuatro o cinco chicas. Todas eran negras o quizá mulatas, y estaban acompañadas. Me hice hueco en la barra y le pedí una cerveza a la camarera, una rubia bajita. Cuando la rubia dejó el tubo de cerveza sobre el mostrador me sonrió. Tenía la boca podrida.
Observé el oscuro salón reflejado en el espejo de detrás de la barra, luego mi rostro como centro de aquel universo infame. Pasar un rato con una chica de ésas no era la solución. Además, mi economía estaba destrozada y necesitaba ese dinero. Miré la cerveza. Pensé en apurarla e irme, pero cuando levanté el vaso escuché como alguien pronunciaba mi nombre. Reconocí su voz. ¡Dios mío! ¡Laia! Me volví.
Me besó las mejillas, arrastró un taburete y se sentó frente a mí. Tras unos minutos de charla, se levantó y fue a hablar con alguien. Cuando regresó me dijo:
- Con lo que tienes nos dejan pasar media hora juntos.
Subimos a un cuartucho despreciable. Había un bidé y una cama ruinosa.

Hablamos. Al principio le supliqué para que volviera. Le dije que la dejaría ser puta si eso es lo que deseaba. Yo mismo haría las faenas de la casa, la compra, la comida. Pero ella me contestó que no, que ese no era el problema, que además estaba con un chico al que amaba.
- ¿Y él te quiere a ti? ¿Cómo es posible que te quiera y a la vez permita que estés metida en este antro?
Insistió en que se prostituía sólo de forma pasajera, para salir de un bache económico. Dijo que su chico se negaba enérgicamente, pero no me pareció creíble.
Consumida la media hora, cada cinco minutos, alguien golpeaba la puerta por detrás y no decía nada.

Cuando salí de allí, estuve dando vueltas con mi coche hasta que quedó libre un aparcamiento frente al local. Aparqué y esperé. Fumaba cigarrillos con la ventanilla abierta. Cada cierto tiempo encendía la radio y luego la apagaba.

Al cabo de unas horas salieron algunas negras y luego salió Laia. La acompañaba la otra chica blanca, la camarera. Al ver mi coche, se acercó a la ventanilla. Con rostro trágico me pidió que no la obligara a cambiar de trabajo. Le dije que quería pasar con ella el resto de la noche. A cambio prometí dejarla en paz.
Se alejó para despedirse de la camarera. Luego hizo una llamada desde su teléfono móvil. Subió a mi coche y dijo:
- Está bien. Pero a cambio no te quiero volver a ver por este sitio.
- Acepto.

- Esto no ha cambiado mucho – decía mientras subíamos al tercero sin ascensor
donde yo vivía.
Yo subía detrás y observaba su trasero, cada vez más delgado. Vestía una falda roja, mínima. Pese a ello, seguía pareciéndome distinguida.
Ya en la habitación pudo comprobar que todo seguía en su sitio, como si se hubiera marchado ayer. Pero había ceniceros llenos de colillas por todas partes. Guardó en el bolso una foto de su madre que seguía sobre la cómoda.
Antes de quedarse dormida me dijo que a las diez la despertara. Yo no dormí, sólo me dediqué a escuchar su respiración.
Cuando el sol comenzó a colarse por los agujeros de la persiana rota, tapé el marco de la ventana con una manta gruesa y marrón, haciendo el menor ruido posible al sujetarla con clavos a la pared.

A las diez estuve a punto de despertarla pero lo hice a las doce. Antes, en un bar del barrio, había encargado el desayuno. Lo subí en una bandeja. Zumo de naranja, bocadillo de jamón serrano, café con leche y ensaimada. Dejé la bandeja sobre la mesilla. Cuando me preguntó por la hora, le dije que eran las doce.
- ¡Estás loco! ¡Tenías que despertarme a las diez! ¡Tony estará desesperado!
Se levantó sacudiendo la cabeza y fue hacia la silla donde se encontraban todas sus pertenencias. Buscó en el bolso su teléfono móvil y se enfadó más porque yo se lo había apagado. Argumenté que lo había hecho por ella, para que nada violentara su sueño.
- Ahora ven, siéntate, cómete el desayuno y te llevo después a tu casa.
- ¡Tú no me llevas a ninguna parte, tarado! Me tomaré el desayuno, eso sí; pero me voy al metro. Y júrame por dios que nunca más aparecerás por mi trabajo.
Yo asentí mientras doblaba la almohada en la cabecera.
- Siéntate y apoya la espalda. Y come. Te voy a calentar el café.

Cuando volví Laia acababa su bocadillo. Le eché los azucarillos al café con leche y puse la taza sobre la bandeja.
- Muy caliente, como a ti te gusta - le dije.
La observé mientras lo bebía, a pequeños sorbos. Su ánimo lentamente se iba apaciguando.
Cuado acabó retiré la bandeja a la cocina. De nuevo en la habitación, la besé. Laia sonrió complacida. Me confesó que hacía tiempo que nadie la trataba así y asintió con la cabeza para que me tumbara a su lado.
Al principio sentí reparos en tocarla. Luego acaricié su pelo, sus mejillas, todo su cuerpo. Apagué la luz y me dormí junto a ella.

Su piel era pálida como una almendra. No me cansé de contemplar sus ojos grandes, verdes, tristes, suavemente ojerosos. La admiré por las mañanas, por las tardes y por las noches durante cinco días. Le leí todos los poemas que había compuesto en su ausencia. También le dije todas las cosas hermosas que me gustaría haberle dicho. Le pedía perdón cada vez que utilizaba el dinero que trajo en el bolso para comprar comida; le decía que comprendiera, que utilizar mi tiempo ahora en conseguir dinero me quitaría horas de su presencia. En una de mis últimas salidas, sorprendí a unos de esos esquivos vecinos curioseando para saber qué estaba ocurriendo en mi piso.

Al final llegó el día porque la felicidad nunca es perpetua.
La claridad del sol me había despertado. Contemplé una vez más su cuerpo bajo las sábanas, su cara cada vez más pálida, sus lindos ojos siempre tristes y serenos. Salí del cuarto y cerré la puerta. Me asomé a la ventana del salón. Daba a un callejón donde sólo se veía la pared de otro edificio a cuatro metros, con pequeñas ventanas y alguna ropa tendida. Me quedé un rato observando a los gatos, grises como la pared. Debía tomar una decisión con respecto a Laia: el olor comenzaba a ser insoportable.

lunes 8 de enero de 2007

PIÉNSALO, PISUERGA

Cándido Mojarro


Me despierto con un imponente dolor de cabeza e intento recordar lo ocurrido mientras mis ojos se habitúan a la claridad. Una lámpara de pie alumbra el salón, todas las persianas permanecen cerradas. Me encuentro tirado boca arriba en el suelo. También me duele la espalda, pero sólo recuerdo un golpe en la cabeza.
Distingo la figura de Pisuerga. Está sentado en una silla, a un metro de mí. Veo la pistola que empuña con su mano derecha. La lámpara ilumina su pelo, durante un instante fijo la mirada en sus rizos. Intento incorporarme, pero Pisuerga se levanta y me encañona.
- ¡Quieto ahí!
Vuelvo a echarme al suelo y él vuelve a su posición en la silla. Sus pequeños ojos marrones me miran con inquina. Me enseña los dientes. Pisuerga tiene esa expresión, puede quedarse horas absorto enseñando los dientes. Deja la pistola en el suelo y enciende un cigarrillo rubio sin dejar de mirarme. Luego me dice con voz queda:
- Estaba esperando a que despertaras. Quiero que veas como acabo contigo, perro traidor.
Es obvio. Ya saben que soy un confidente.

Había quedado con él a las nueve de la mañana en este piso y a esa hora llegué. La puerta estaba abierta y el piso estaba a oscuras. Dudé, pero acabé entrando. En el recibidor, él mismo, supongo, fue el que me golpeó en la cabeza con un objeto duro y contundente. Luego debió de arrastrarme hasta aquí, hasta el salón.

Pero Pisuerga debería haberme matado ya porque estoy seguro de que se me ocurrirá algo. Miro mi reloj: las agujas marcan las diez menos cinco. Debo llevar casi una hora inconsciente. Siento mi estómago vacío y tengo ganas de orinar. Inventa algo, me digo, inventa un embuste que te saque de ésta.
- Vale, Pisuerga – le muestro mi muñeca izquierda -. Está bien. Después de todo hemos tenido suerte. Por cuatro minutos. Son las diez menos cuatro minutos y vamos a poder salvar el pellejo tú y yo.
Me mira impasible. Fuma con la izquierda. Siento que la cabeza me va a reventar. Continúo:
- Como has podido ver, no llevo micrófonos. He quedado con la pasma en que los llamaría antes de las diez. Si no hago esa llamada ahora mismo pensarán que algo me ha pasado y caerán como moscas sobre ti. Ya deben estar en el portal. ¿Ves? El matarme no te puede acarrear más que desgracias, y años en la cárcel. Pero yo tengo la fórmula para sacarte de aquí.
Me toco los bolsillos del pantalón.
-¡Dónde está mi teléfono!
Pisuerga carraspea y me observa el cuello mientras enseña los dientes. Cambia de mano pistola y cigarrillo. Me lanza la colilla a la cara con un ademán de desprecio. La recojo del suelo y le doy una calada mientras busco a mi alrededor algo que pueda arder. Pero no encuentro nada, no hay cortinas siquiera. Apago la colilla en el suelo.
- Los llamo, les digo que todo va bien y que la operación está en marcha. Me invento la hora y el lugar donde pensáis dar el golpe, y luego salimos tú y yo y huimos, cada uno por su lado… ¿Dónde está mi teléfono? Mira que van a entrar, deben estar preparados.
Permanece en su sitio. Faltan dos minutos para las diez de la mañana. Dentro de dos minutos el cuento no será creíble, por eso debo darme prisa. Por fin se levanta. Da un paso hacia mí y me escupe en la cara, luego apunta con la pistola a mi estómago y dispara. Me orino. Llevo la mano a mi herida y la levanto ensangrentada. Pronto en el suelo habrá una gran mancha roja.
- Quiero ver como te desangras, perro traidor – me dice Pisuerga.
- Vale, Pisuerga – digo con voz entrecortada -. Déjame llamarlos. Sálvate. Estoy seguro de que no han subido todavía. Estoy seguro de que no han oído el disparo. Pero deben estar cerca. Ahora lo tenemos mejor. Los llamo, luego tú llamas a una ambulancia… Pisuerga, dame el teléfono. ¡Son casi las diez!
- Perro traidor – me repite.
- Ya son las diez – intento pronunciar mientras introduce el cañón de la pistola entre mis labios.
Acerca su boca a mi oído.
- Las diez de la noche, idiota – dice.




Fin